Alberto Lescay y su Viaje Perpetuo

Como mismo puede afirmarse que no existe exposición, antología o compendio que sea suficiente para mostrarnos a un escritor o a un artista en su dimensión más exacta, puede sostenerse que no hay resumen capaz de apresar una mínima vida, cualquiera que esta sea, en la extensión de la totalidad de sus valores. De ahí que todo ejercicio axiológico sea complementario.

En lo no poco que he leído acerca de mi hermano santiaguero Alberto Lescay Merencio, con quien comparto suerte hace más o menos 40 años, encontré este autorretrato suyo que se me antoja el más completo para conocer los orígenes del autor de Viaje perpetuo, la muestra que hoy inauguramos.

¿De dónde viene Lescay?

Nací el último día de Escorpión, a la mitad del siglo XX, en la punta de la loma de Martens, cerca de Santiago de Cuba. Mi madre: espiritista cruzada, bordadora, modista, maraquera, fiestera, fiel esposa, buena amiga y mejor madre aún; hija de mambí, quien había raptado a mi abuela desde las montañas oscuras de Baracoa. Mi padre: tresero, chofer, bailador y un infinito enamorado. La infancia y adolescencia transcurrieron entre el campo y la ciudad, siempre que pude, escogí el primero, quizás porque, además de lo bucólico de este, allí contaba con un taller lleno de aparatos extraños inventados por mi tío para hacer todas las cosas que demandaba la comarca, desde unos preciosos muebles, una máquina de tejer, un juguete, hasta un terrible ataúd. Las noches eran para hablar de las últimas del mundo terrenal, del infierno y más frecuentemente del maravilloso paraíso, a donde iríamos los buenos. En la ciudad todo me era ajeno, menos las volteretas y sacudidas de mi madre, en medio del incienso para alejar de mí las malas influencias espirituales. Cuando me presenté a hacer la prueba de aptitud en la escuela de arte, era principalmente porque quería ser becario como todos mis contemporáneos, pues estudiar era la palabra de pase de la Revolución Cubana. El perenne recuerdo del monumento en bronce al Mambí Desconocido en la Loma de San Juan, mientras jugaba al escondido, me hace sospechar que en ese instante se abrió para mí el camino de la plástica.

¿Qué ha hecho el artista Alberto Lescay durante los últimos diez años?

No es menester investigar demasiado para percatarse de su laboreo, si bien no son precisamente los espacios habaneros los que más se abren a la exposición de las obras de este artista. He aquí un problema común a la mayoría de los creadores de su generación que viven más allá de la periferia de nuestra capital —y a algunos que la viven dentro—, y he aquí también una virtud de Lescay, su tenacidad, para quien hacer algo útil, bello y amable es lo más importante cada día; tanto allá en Santiago, Bayamo, Holguín, Las Tunas y el Camagüey como en la mismísima Habana, donde tan bien se le quiere por lugareños, amigos y colegas.

De cualquier modo, ¿qué más tendría que hacer Alberto en la escultura (entiéndase la monumentaria y la de pequeño formato), la pintura, el dibujo, el grabado, la performance, el pensamiento y la promoción cultural para merecer lo que le falta luego de haber nacido en esta “fiesta innombrable”?  Es complejo el asunto, se me dirá, y sí que lo es: bastaría con simplificarlo para comprender sus razones.

Pues bien, en los últimos diez años, Lescay ha realizado o participado en 50 exposiciones y performances: 24 personales y 26 colectivos. Ahora mismo se le encuentra en Eros, también organizada con motivo de sus 50 años de vida profesional, en la Galería René Valdés Cedeño, y en Navegar, donde comparte escena, tras la celebración del Festival del Caribe, con su hermano Eduardo Roca Salazar (Choco), en la Casa del Caribe, ambas en Santiago de Cuba.

¿Cómo explicarse la exposición Viaje Perpetuo (2018)?

En Lescay la Historia se manifiesta como algo consustancial y, al mismo tiempo, como el devenir aprehendido e incorporado a la cotidianidad de una vida, la suya y, por supuesto, la de sus familiares y contemporáneos. No tiene que hacer el más mínimo esfuerzo ni colocarse en la piel y los contextos de un hecho, un recuerdo o una figura históricos, para representarlos artísticamente y transformarlos en testimonio y creación de fe. Conociéndolo como lo conozco, uno se percata de que él es, en sí mismo, parte esencial de la explicación de la cultura cubana.

En muchas de sus obras, el movimiento es vuelo, crecimiento, floración, desafío a los límites de la forma y el equilibrio, en aras de la difícil armonía de un oxímoron: su abstraccionismo figurativo, que no su figuración abstracta. Y el viaje, siempre el viaje como signo de perennidad en el espacio. Búsqueda y hallazgo.

En esta exposición, afloran singulares evocaciones de José Martí, Mariana Grajales, Antonio Maceo, el abuelo mambí y el amor en la manigua, Fidel ante el abismo de nuestra época y en el activo reposo del guerrero, Ernesto Che Guevara y su honda mirada indagadora, Frank País en la memoria de sus actos, el teniente Pedro Sarría Tartabull (salvador de Fidel), la risa cómplice y alegre de Raúl ante el boceto del conjunto escultórico dedicado a su hermano, el líder de la Revolución, concebido para ser emplazado en las estribaciones de la Sierra Maestra: una estela de gloria, un corcel que se afinca en la Tierra y toca el firmamento.

Aquí están los machetes del abuelo pletóricos de fuerza ancestral, luego de haber subido a La Plata, desandar Baracoa y ser purificados en el arroyo donde más de una vez bebió agua y estuvo Fidel. Aquí están el carnet (entonces cartera) de pensionada del Ejercito Libertador de la madre de Lescay y otros atributos de su infancia y su familia.

Puede decirse, ha confesado el artista, que todo lo que he hecho en los 50 años de vida profesional, es tratar de pintar a mi abuelo. Y así se advierte fácilmente en esta exposición curada por su hijo Alejandro y acogida por el Memorial José Martí, un sitio cada vez más eficaz en su misión de arropar el buen arte.

En fin, aquí está un artista santiaguero, cubano, universal, cargado de muchas vidas y comprometido, desde la honestidad y la lealtad, con el destino de su Patria (porque Lescay es y no se limita a pregonarlo ni a parecerlo); meditando, añorando el porvenir como quien vislumbra el pasado y lo quiere, defiende y asume como fundamento y raíz.

Y todo primorosamente hecho. Pero de esto que se ocupen los críticos…

Fuente: La Jiribilla

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