Fundación Caguayo, una obra de arte interminable

Ahora, cuando tanta falta nos hace no olvidar, quisiera contarles —no muy brevemente, por cierto— una historia, diríase que una historia de amor: la de la Fundación Caguayo para las Artes Monumentales y Aplicadas, que hoy está de cumpleaños, y la de su creador Alberto Lescay Merencio quien tiene sobradas razones para sentirse el hombre más feliz de la Tierra en este día. Al fin y al cabo, con independencia de algunos sinsabores, hasta cierto punto previsibles —pero jamás paralizantes si media una voluntad como la suya— la experiencia de Caguayo y Lescay ha sido una victoria, un tributo a la patria de la noción más fecunda y trascendente de la cultura, la de fundar y compartir; así como una innegable fiesta de los sentidos, incluyendo el arisco y a veces paradójico sentido común. Porque aquí de lo que se trata es de la conjunción de arte e Historia, identidad, trabajo (mucho trabajo) y poesía (mucha poesía). Y esto, que me perdonen los conformistas, jamás ha sido ni será fácil. En cultura, un desafío siempre da lugar a otro, y así en lo sucesivo; de ahí que llegar una vez no sea lo más difícil, sino continuar llegando.

En Lescay la cultura se nos ofrece como una fiesta interior —y también anterior, si tomamos en cuenta el peso de la memoria en su obra—y, la Fundación Caguayo, desde que surgió como idea allá en los albores de la década de los noventa, estuvo arropada no solo por la perseverancia de su gestor, sino por la sensibilidad de seres extraordinarios como Fidel, Raúl y Armando Hart, entonces Ministro de Cultura, quienes no solo jamás dudaron del significado prominente del proyecto, sino que vieron en él la referencia más completa y compleja de un emprendimiento no gubernamental que merecía apoyo y reconocimiento por el alcance de sus objetivos y el bien ganado prestigio de su autor. Porque Caguayo es eso, una obra de arte felizmente interminable. De hecho, todas las fundaciones que, desde lo jurídico, existen en Cuba se han distinguido por sus aportes a la cultura nacional y universal y al crecimiento de nuestra sociedad civil, lo que constituye una prueba inequívoca de las bondades de esta fórmula organizativa para encauzar el trabajo artístico y literario en nuestras condiciones concretas. Así lo atestiguan los resultados conseguidos por las fundaciones del Nuevo Cine Latinoamericano, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Antonio Núñez Jiménez, Fernando Ortiz, Ludwig de Cuba, la propia Caguayo y con seguridad la muy reciente Ariguanabo, animada por Silvio Rodríguez en su natal San Antonio de los Baños. O sea, a juzgar por la cosecha, no advierto razón de peso alguna que nos impida seguir avanzando en este campo sobre bases bien fundamentadas. Como pruebas al canto, debo señalar que tengo la dicha de haber participado de forma activa en el surgimiento de tres de estas instituciones, hoy emblemáticas en el ámbito cultural.

Pero bien, yo quería estar ahora en Santiago para darles un abrazo, no precisamente virtual, a mis hermanos Lescay y Marino —tengo entendido que Luisito comparte mi suerte en La Habana— y, por supuesto, a muchos/as amigos/as de los que laboran hoy o trabajaron alguna vez en la Fundación durante estos cinco lustros o, para decirlo como suele medirse y pesarse el tiempo cuando es histórico: durante este primer cuarto de siglo. Sin embargo, no fue posible. Heme aquí, a más de novecientos kilómetros, cumpliendo al pie de la letra los rigores del aislamiento epidemiológico; aunque —¿para qué negarlo?— con unos deseos enormes de que la humanidad —incluido este servidor— tome conciencia de que la normalidad conocida no debería ser jamás la normalidad esperada, de modo tal que nunca se repita lo que estamos viviendo, ni encuentren espacio entre nosotros los vaticinios de que todo podría ser peor pues, a juicio de algunos entendidos, nos esperaría un siglo de pandemias. Apocalípticos y desintegrados, cabría decir, parafraseando a Umberto Eco.

Hace más de treinta años, en el contexto de una reunión de artistas plásticos que efectuábamos en Santiago de Cuba, Lescay me habló por primera vez de la idea de encontrar un mecanismo, una solución, para que no se disipara la mística que había empezado a crecer un poco antes allá en el camino —o en los Dos Caminos— de Santiago a San Luis, en un sitio nombrado Caguayo; donde estaban cosiéndose los metales del conjunto escultórico que preside la Plaza de la Revolución Mayor General Antonio Maceo Grajales —cuya figura ecuestre es obra suya— y los veintitrés machetes hirsutos que corresponden al también escultor Guarionex Ferrer Estiú, otro hermano de mil batallas, lamentablemente fallecido a la temprana edad de cincuenta y nueve años. 

Si bien Lescay y otros compañeros nunca estuvimos conformes, la mayoría de los remedios que nos llegaban o sugeríamos nosotros mismos para preservar la vitalidad del taller, no pasaban de ser eso, remedios, en algunos casos tan indefendibles como bien intencionados. Se pretendía inaugurar un camino muy diferente a los que prevalecían en aquellos momentos, el de una fundación cultural dotada de una sociedad mercantil que le permitiera ser sustentable desde los puntos de vista económico y financiero y que garantizara el imprescindible carácter no lucrativo de su actividad. Una persona como Ricardo Badía González, a la sazón director de Economía del Ministerio de Cultura, fue clave para encontrar el diseño que viabilizara la propuesta. Del mismo modo, Manolo Fernández Retamar, con su genialidad, desenfado y sabiduría, a quien vinculamos al Consejo Nacional de las Artes Plásticas casi con la única misión de llevar adelante este y otros proyectos afines. Manolo jamás se dio por vencido ante los obstáculos que ponía la hidra burocrática.

Sin embargo, a pesar de la perseverancia, la receptividad limitada y los esfuerzos por encontrar una solución al problema, para algunos compañeros la idea parecía herida d muerte por el efecto del tiempo y la opacidad de los obstáculos; cuando pensaban en el taller de fundición, imaginaban un dinosaurio que agoniza a las puertas del monte. Entonces fue que se impusieron el realismo y el sentido común y Lescay decidió aceptar la fórmula menos ventajosa desde lo económico, pero la única que dejaba el taller en manos de los hacedores del proyecto de monumento. Mientras ganábamos tiempo y la propuesta seguía su curso de espera y asimilación por parte de otras instancias —alguna muy prejuiciadas, incluso dentro del propio Consejo Nacional de las Artes Plásticas—, el taller y los trabajadores continuaban en actividad gracias a los escasos ahorros del proyecto inicial, los fondos del propio Lescay y la colaboración inestimable del Partido y el Gobierno de la provincia de Santiago de Cuba, entonces encabezados por Esteban Lazo Hernández y Reynaldo Endy Endy. Lazo, con su proverbial instinto de clase y su manera tan sencilla como sincera de relacionarse con los artistas, supo percatarse enseguida del alcance de aquella idea y la acogió y defendió como propia. Endy, por su parte, abrió las puertas del Gobierno provincial a Lescay y al grupo rector del proyecto y les ofreció todo cuanto pudo. 

En el caso de Hart, a quien Lescay siempre distingue cuando recuerda aquellos años y aquel fatigoso proceso, toda gratitud sería poca. Su audacia, lealtad y apego invariable al pensamiento de Fidel fueron decisivos para iniciar el camino y llegar hasta el punto en que se halla la Fundación en la actualidad, luego de haber transitado veinticinco años de aprendizaje, de fidelidad a la Revolución y de aportes trascendentales a la cultura nacional en la representación de la historia y del imaginario social cubano. Con apoyo de Hart, el Consejo Nacional de las Artes Plásticas hizo suyos los presupuestos conceptuales y los objetivos del proyecto Caguayo, al igual que sucediera con los de la Fundación Ludwig de Cuba, concebida en 1990 durante una visita que realizáramos a Alemania en compañía de Helmo Hernández, su presidente desde que se constituyera en 1995.

Desde su surgimiento, la Fundación Caguayo se ha distinguido por su defensa y aplicación de la política cultural de la Revolución cubana. Aunque con sus especificidades, trabaja de forma intensa en el establecimiento y la defensa de las jerarquías artísticas y literarias inobjetables. Llama la atención la labor en aras de la validación y el incremento de dichas jerarquías, lo que se expresa a través de su sistema de galerías, premios, talleres, encargos de obras artísticas y de investigaciones históricas, literarias y científicas y otras formas y espacios ideados para la promoción y el crecimiento de la cultura cubana en su dimensión cotidiana. Asimismo, considero muy importante la labor desplegada por Caguayo a favor del reconocimiento del diseño como parte de las disciplinas artísticas, lo que también se extiende a la cerámica, la arquitectura y la visualidad simbólica en los espacios urbanos, siempre en interacción creadora con las tradiciones, la comunidad y el imaginario social en movimiento.

Son de saludar empeños como la Galería René Valdés Cedeño, donde han expuesto muchos de nuestros principales artistas plásticos, y el Iris Jazz Club, en el que se han presentado figuras de renombre nacional e internacional, por lo que es considerado uno de los mejores y más exigentes de su tipo en el país. De igual manera me ocurre con el proyecto Somos, una iniciativa performática de dimensiones y formato variables que involucra al propio Lescay, a sus hijos Albertico y Alejandro y a otros artistas. Son actos de fe para pensar al ser humano y su espacio desde la capacidad renovadora de los valores estéticos modernos contenidos en las artes plásticas y la música, principalmente.

Créanme que sería interminable la simple enumeración de las acciones culturales que ha llevado adelante la Fundación Caguayo en estos veinticinco años, las que le han permitido cubrir un espectro temático y formal que va desde las artes plásticas y aplicadas hasta el audiovisual, la literatura, la música, la Historia, el diseño y la formación de públicos, entre otros ámbitos. Mas no quiero finalizar sin referirme a la que constituye la primigenia razón de ser de esta institución: el ejercicio creativo y la promoción inteligente de las artes monumentales. Al ser su actividad más conocida, ello me releva de tener que mencionar todas las obras que considero importantes para la cultura cubana y de otros países.

Uno de los conjuntos más impresionantes realizados por Lescay, ya desde la Fundación Caguayo, ha sido el Monumento al Espíritu Guerrero Venezolano, inaugurado en 1996 y emplazado en el Estado de Carabobo, en esa hermana nación bolivariana. Otra pieza que clasifica entre las más originales y mejor resueltas de cuantas se han dedicado al Che, es la escultura que le hiciera al Guerrillero Heroico en 1997, ubicada en la entrada al Ministerio de Relaciones Exteriores de la República de Cuba, en La Habana. Entre los numerosos bustos que nos ha legado Lescay está el consagrado a Julio Antonio Mella, una de cuyas tres copias está situada en la ciudad de México, donde fuera asesinado en 1929 este excepcional luchador comunista por órdenes del dictador Gerardo Machado. Ahora bien, la obra que a mi juicio define mejor el estilo de Lescay y el espíritu de la Fundación, es el Monumento al Cimarrón, realizado en 1997 e izado en la localidad de El Cobre, muy cerca de la ciudad de Santiago de Cuba. La fuerza de la imagen en su verticalidad firme y ascendente, su relación crítica y al mismo tiempo amable con el entorno, y la trascendencia del peso y el volumen, en una ilusión provocada de cercana rebeldía, le confieren a esta obra valores excepcionales. Para nada es fortuito, entonces, el hecho de que esta pieza forme parte de La ruta del Esclavo: resistencia, libertad, patrimonio instituida por la Unesco, a propuesta de Haití, en 1994 en Benin. Y en este apresurado recorrido por la obra escultórica de Lescay —para no hablar de la pintura, el dibujo, el grabado ligados de modo estrecho al proceso de consolidación de Caguayo—, no podría dejar de mencionar otras tres obras capitales: el Monumento a Wifredo Lam, inaugurado en 2009, en el contexto de la Bienal de La Habana; la pieza Martí crece, donada por la Fundación a la ciudad de Santiago de Cuba en su aniversario cuatrocientos noventa y cinco y, por último, el Retrato escultórico de Mariana Grajales, colocado en el santuario de Santa Efigenia en 2015. En todos los casos, los derechos de autor y el valor de estas esculturas monumentales, han sido donados por la Fundación y por Lescay a la comunidad y a las instituciones públicas donde están enclavadas.

Al fin, mencionaré de modo sucinto a otros artistas cuyas obras han sido reproducidas —o realizadas por primera vez— en el Taller de Fundición Artística y Cerámica surgido en 1987 y devenido desde entonces escuela y fuente de trabajo para los lugareños de Dos Caminos, Santiago de Cuba y San Luis. Ellos son: los escultores cubanos Juan José Sicre Vélez (1898-1974); José Villa Soberón (varias piezas, entre ellas las dedicadas a John Lennon, William Shakespeare, Enriqueta Favez); Tomás Lara; René Negrín; Estereo Segura; Andrés González; Luis Mariano Frómeta; Martha Jiménez; Belisario Eduardo Álvarez Collado; Juan Carlos Pérez Bermúdez; Julio Carmenate; José Rolando Montero Hernández y el escultor martiniqueño René (Kho Kho) Corail.

Llegados a este punto, es fácil discernir que la trayectoria de la Fundación Caguayo para las Artes Monumentales y Aplicadas da motivos más que suficientes para celebrar sus veinticinco años de espléndida y refulgente lozanía. Debe ser razón de orgullo no solo para sus iniciadores, colaboradores y trabajadores actuales, sino para la cultura cubana en sentido general y para la entrañable Santiago, ejemplo de buen vivir y de arraigadas lealtades humanistas y afectivas en este mundo convulso, tantas veces incierto y desnaturalizado, donde discurre el presente de la especie humana. Santiago es siempre amable; por eso da gusto visitarla. 

Al tiempo que los felicitamos por lo mucho que ustedes han hecho, querido Lescay y demás compañeros y compañeras, les agradecemos esta alegría que nos proporcionan, justo ahora, cuando Cuba lucha y vence en la batalla contra un enemigo invisible y en la otra guerra contra el mismo enemigo de siempre.

Dice la Organización Mundial de la Salud que el saludo más seguro no es el de juntar los codos ni rozar los puños con las manos extendidas, sino el de llevarse la mano a la zona del corazón y bajar ligeramente la mirada. Siendo así, yo sería muy feliz si me permitieran, como prueba de afecto y gratitud, inclinarme ante ustedes.

Muchísimas gracias y ¿por qué no? un abrazo enorme e inevitablemente virtual.

Fuente: La Jiribilla

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