Impronta y cimarronaje de Lescay

Desde su misma fundación, Alberto Lescay Merencio es uno de los referentes del Festival del Caribe. Su compromiso con la Fiesta del Fuego halla diversos cauces: si la confrontación pública de sus realizaciones visuales ocupa un lugar prominente en la agenda artística, no lo es menos su implicación en la concepción del símbolo del evento, la mpaka, prenda ritual de los practicantes de palo mayombe que se entrega cada año al país, la región o la institución al que se dedica el evento.

Como quiera que en esta oportunidad el festival celebra el sexagésimo aniversario de la Revolución Cubana, una mpaka con los colores patrios fue puesta en manos del ministro de Cultura, Alpidio Alonso, para que lo haga llegar al Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Miguel Díaz- Canel, como demostración de la continuidad de la energía creadora de un pueblo decidido a defender sus conquistas.

Otro vínculo de Lescay con el festival se verifica en el Monumento al Cimarrón, emplazado desde 1997 en una elevación cercana al poblado de El Cobre y, sin lugar a dudas, uno de los exponentes más sobresalientes de la producción escultórica del maestro santiaguero. El sitio acoge a los grupos portadores de tradiciones
músico-danzarias y de la religiosidad popular en la cuenca caribeña que desde allí cantan a la resistencia cultural y la vocación emancipatoria de nuestros pueblos.

En la trigésimo novena edición de la Fiesta del Fuego, Lescay despliega en la Casa del Caribe una muestra personal titulada Impronta, consistente en una serie de 18 pinturas y esculturas de reciente factura.

La mayoría de estas piezas tienen que ver con las vivencias del artista luego de haber entrado en contacto directo por primera vez con el continente africano.

En sus pinturas Lescay se decanta por la abstracción, dentro de una línea que guarda cierta relación con la action painting, habida cuenta la sensación de movimiento conseguido mediante sugerentes texturas cromáticas. El artista elude tanto la figuración como la representación simbólica. Sin embargo, la africanidad se hace notar más allá de la abstracción en términos viscerales, como quien incorpora la emoción al gesto pictórico.

De vez en cuando, delante o detrás del lienzo, aflora una especie de hilo de sangre, para recordarnos el principio y prolongación de una historia de vindicación de valores humanos.

La pintura establece un diálogo fecundo con las esculturas de pequeño formato, en las que puede apreciarse la huella de una identidad visual muy definida en dos vertientes: el tratamiento geométrico del espacio y la verticalidad de sus estructuras. Llama la atención la maqueta de un proyecto monumentario que exalta la condición invicta de quien culminó el sueño libertario de la nación. Algún día, confía Lescay, el proyecto se hará realidad.

Fuente: Granma

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