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Palabras al catálogo

Sin dudas, la comprensión del origen implicará, siempre, un peculiar reconocimiento del enigma, del misterio. La génesis de la vida, el lenguaje, la historia, la cultura o el amor encuentra explicación en un buen número de caminos permeados de objetividad y razón. No obstante, la interpretación de estos fenómenos deja, la mayoría de las veces, un margen a lo críptico, a lo ignoto.

Más allá de los profundos aciertos de Fernando Ortiz para explicar la cultura cubana, caribeña, e incluso americana, desde las pautas conceptuales de la transculturación; Alejo Carpentier no perdió de vista que la historia de nuestros pueblos ha estado marcada por una fe, una fe colectiva que ha alterado la realidad y ha acentuado la sensación de lo maravilloso.

De ahí que la mirada hacia nuestra ascendencia no ha de procurarse, exclusivamente, lecturas racionales y objetivas. El misterio, el enigma o el sigilo son, también, fuerzas motrices de nuestras cosmogonías.

Aunque la recreación del misterio resulta ser un enorme desafío, el arte no perderá la oportunidad de materializarlo: de hacerlo imagen, línea, color. Así lo confirma la muestra pictórico-escultórica Macuto, que allende los marcos teológicos, propios de esta denominación; conecta con el universo de las huellas o las trascendencias.

Una vez más, Alberto Lescay se acerca a los sistemas mágico-religiosos cubanos para erigir una visualidad ecuménica, deudora de las constantes interrogantes del hombre en torno a el ser y el estar en el mundo. En este caso, el artista se apropia del macuto en tanto núcleo creativo-simbólico.

En la Regla Conga o de Palo Monte, la nganga es el centro de fuerza mágica por excelencia. A partir de las coexistencias y diálogos entre diversos elementos de origen vegetal, animal o mineral, la nganga representa la síntesis del universo. Se concibe dentro de un caldero que deviene receptáculo de un sistema de comunicación entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos.

Pero antes de la nganga estuvo el macuto: una bolsita de cuero, yarey o guano que contenía, básicamente, los mismos elementos que posee la nganga en la actualidad. Según las referencias históricas, el macuto formaba parte de las posesiones de esclavos y cimarrones. Para los primeros era sencillo de esconder en cualquier rincón de los barracones, para los segundos era más simple llevarlo consigo a lo largo de su vida como fugitivos.

De manera que el macuto establece una conexión directa con lo prístino. Pero en este caso, no es solo una conexión teológica, es también una conexión existencial: el hombre existe en tanto es capaz de conectarse con su origen, su raíz, su herencia. Para el esclavo, para el cimarrón el macuto es el enlace con sus ancestros; es la salvaguarda y la renovación del camino trazado por estos; es la certeza de la libertad y la sobrevida.

Las obras de Alberto Lescay se inscriben en esas premisas. Cada una de sus composiciones es un viaje a la semilla, con todos los enigmas que ello implica. Entender lo que somos exige objetividad y fe. La primera permite dilucidar nuestra historia, la segunda irradia luz sobre nuestros misterios-esencias.

 

Ada Lescay
Martes 17 de noviembre, 2020